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Alicia Cros

Me levanto mientras sujeto la cola de mi vestido azul cielo y le doy vueltas a la servilleta blanca de algodón que sostengo con la punta de los dedos. Silbo junto al resto de personas que me acompañan en este convite pidiéndole a los novios que nos dediquen unas palabras. 

Hoy se casa Sonia, mi  gran amiga, y yo, emocionada, quisiera dedicarle un poema, uno de mis escritos que no sé si me atreveré a pronunciar. Los novios se hacen con el micro y emiten su discurso, en algún momento incluso rompen a llorar. Al terminar, nos invitan a abrir su regalo, que redondo, plateado y pequeño, reposa al lado de la tarjeta de cada invitado. 

Es un día importante para mí, Sonia se compromete con el el hombre que ha elegido, y yo, siento descansar el manto de la alegría en mis hombros acompañado de la caricia de la felicidad que sé que tendrá. Abro la tapa de metal, tiro de la tela que hay en su interior y saco un pañuelo rosado con el que me cubro el cuello y, sin más, me levanto para ir a la pista a bailar. 

En este instante, me reencuentro con el pañuelo en el fondo del cajón de la cómoda, recordándome que nunca pronuncié las palabras que contaban nuestra historia. Me dirijo hacia la gran ventana que ilumina mi escritorio y sumergida en un mar de emociones guardadas, suelto el pañuelo y escribo. 

Hoy escribo para ti. Escribo pequeños relatos que colmados de tus sentimientos hacia aquellos a los que amas conectan con tus invitados. Escribo microrrelatos que enlazan con un recuerdo único que tú regalas, a través de las palabras. Porque nuestra vida son historias y nuestras historias dejan huella.